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Rosa Giunchi

El mundo de la tecnología ha avanzado tanto que tenemos más posibilidades de vivir mejor, de disfrutar más, de estar comunicados permanentemente con nuestros seres queridos…. de producir más en menos tiempo, por lo tanto en tener más tiempo libre para disfrutar, a pesar de ello, hay cada día más pacientes jóvenes con patologías que antes no veíamos hasta edades más avanzadas, se ha incrementado la diabetes, la obesidad, las enfermedades cardiovasculares, tiroideas, por decir algunas…

¿Es entonces la tecnología que a pesar de sus logros y de su excelencia, produce un efecto desbastador? ¿O es el ser humano el que no sabe usar correctamente esa tecnología?

Consumimos TV llena de violencia y miserias, música con letras de la misma índole, vivimos pendiente del celular, entonces lo atendemos en medio de un partido de tenis, de una consulta médica, de una conferencia, cuando conducimos, cuando comemos, haciendo partícipe a los que nos rodean de ruidos, gritos…irrespetuosamente,

Todo esto es también agresión, violencia , luego, como hacemos estas cosas mientras trabajamos, estudiamos o jugamos, no hacemos ni una ni otra cosa bien, nos olvidamos, interpretamos mal….y es cuando decimos: qué despistado/a que soy, sin pensar justamente que el despiste es vivir en semiconciencia, adormecidos, aletargados….

¿Cómo se puede manifestar en nosotros la sabiduría si el parloteo del pensar no lo permite? Está en nosotros que los servicios estén a nuestro servicio, no nosotros al servicio de ellos… de lo contrario caemos en el pecado de no estar presentes en nuestra vida, ese es el pecado, es perder la conciencia del presente, si no estamos atentos, cedemos autoridad a nuestro ego, pasiones, instintos y cedemos al submundo vegetativo…

La crisis en el mundo no está en los atentados, guerras biológicas o nucleares, huracanes y volcanes desbastadores, sino en cada uno de nosotros que hemos llegado a esta violencia, brutalidad, resentimiento, ansiedad, apego, con consumo indiscriminado de lo fácil, cómodo, lo que se usa, lo masa.; Desoímos nuestra propia esencia, impidiendo que se manifieste el milagro inconmensurable de nuestra individualidad, desaprovechando el don y la belleza de ser único en todo lo creado…