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Amalia Altobelli

Los dientes, órganos tan importantes en la vida humana, fueron tenidos hasta fines del siglo XIX como piezas mecánicas que se extraían cuando molestaban.

La mayoría de las veces no se reemplazaban y se restauraban en cierta medida. Sólo pocos privilegiados podían tratar sus dientes.

Hubo que educar a la población para que tomara conciencia del valor de estas piezas y del rol importante que desempeñan, no sólo como elemento estético y masticatorio, sino también para la respiración y la dicción.

Hace cuarenta años atrás, los odontólogos se enfrentaban, en sus consultorios, con los tremendos miedos que los pacientes tenían ante la consulta. Estos miedos, verdaderas fobias, se transmitían de padres a hijos. Aún quedaba el temor inculcado por algún pariente de edad avanzada, atendido sin anestesia. Lentamente y a medida que se avanzaba en las técnicas odontológicas y ante instrumentales especializados, se ha ido desvaneciendo ese temor atávico.

Hoy, nos encontramos que, al servicio de la odontología, hay instrumentos de alta complejidad, ultrasonidos, computadoras, láser, radiografías especiales, en fin todo lo que la ciencia aporta con su tecnología avanzada. Las restauraciones, implantes y adelantos estéticos son asombrosos.

Sin embargo, los dientes siguen siendo considerados como piezas aisladas del organismo. No se comprende, aún, en todo su valor, la estrecha relación que tienen con los demás órganos.

En esta época, en al que triunfan las especialidades, cuesta ver a la boca y todos sus dientes como un reflejo de todo el organismo; y que lo que ocurre en ella es producto de disturbios o enfermedades del resto del cuerpo. Y, así, muchas personas creen que gozan de buena salud teniendo dientes enfermos. Es imposible curar la boca si no curamos aquellos disturbios o si no mejoramos ciertas enfermedades.

La boca puede mostrarnos, para quien sabe diagnosticar, las disfunciones de órganos mayores tales como cerebro, hígado, riñón, corazón, bazo, páncreas, problemas de circulación, osificación, alcalinidad, acidez, deficiencias del sistema inmunológico.

Hay un terreno proclive a la piorrea y otro a las caries de acuerdo a cómo es el individuo, su alimentación, su entorno de vida.

En cuanto a la alimentación, actualmente, hay una tendencia a mejorar, a comer más naturalmente, a masticar más los alimentos, pero cabe la pregunta ¿todos masticamos bien?

Los dientes son herramientas

Si observamos una arcad dentaria humana, con todos sus dientes naturales, vemos que tiene una simetría casi perfecta, tanto bilateral como súpero-inferior y que todos los dientes, incisivos, caninos y molares se desarrollan en forma equilibrada sin predominio de ningún tipo. Esta situación no la encontramos en los dientes de los animales.

Esto hace del hombre un ser omnívoro desde la boca hasta el último tejido de su aparato digestivo, preparado también para ?destruir? todo lo que llega en la alimentación.

De esta manera, podríamos llamar humano a ese principio armonizador que actúa en la formación de los dientes y, también, en todo el organismo.

Cada tipo de diente ejerce una actividad mecánica diferente: los incisivos actúan como tijeras; los caninos como puntas de cuchillo; los premolares como morteros; y los molares como máquinas trituradoras. Y, así, los dientes constituyen verdaderas herramientas puestas al servicio de la masticación humana. Su trabajo es solidario, todos trabajan en conjunto, sin sobresalir. Sus tareas son distintas pero tienen un ritmo que los armoniza entre sí, en cada movimiento masticatorio.

¿Cuándo masticamos bien? Cuando este ritmo es armónico entre todas las piezas masticatorias.

Los alimentos pueden estar muy bien elegidos; pero no es suficiente si el proceso de degradación que se efectúa en la boca no es el adecuado. Este hecho ocasionará una sobrecarga en el trabajo específico de los demás órganos de la digestión, los cuales deberán suplir estas deficiencias, causándoles cansancio y dificultades. Esta sobrecarga suele ocasionar que no se produzcan las enzimas, vitaminas y aminoácidos, necesarios para todo el organismo, lo cual se percibe rápidamente en los tejidos bucales con la aparición de gingivitis, retracciones de encías, labios agrietados, mal aliento, etc. Es decir, se rompe la armonización humana tanto con una masticación incorrecta como con un órgano determinado que no funciona correctamente en el organismo.

El hombre comienza a ingerir sólo aquellos alimentos que puede digerir y la desarmonía aumenta ya que pierde esa facultad humana de digerirlo todo, debilitándose su acción metabólica (individuos obesos o desnutridos).

Por lo tanto, mantener una arcada dentaria completa es asegurarnos un metabolismo equilibrado.

La respiración y la palabra

En cuanto a la dicción, todos sabemos las consecuencias que se producen en la pronunciación de los niños que tienen dientes mal formados o en mala posición.

La mayoría de las veces resulta inútil el buen trabajo hecho por los fonoaudiólogos si no son acompañados por tratamientos que ordenen la arcada dentaria. Hay cierta dificultad para el habla, como consecuencia de una inmadurez en las fuerzas formativas de los maxilares y en las fuerzas de la erupción dentaria.

No podemos decir que ese niño sólo pronuncia mal ciertas letras porque tiene mal los dientes, sino que ese desarrollo bucal disminuido debe alertarnos acerca de la existencia de otros órganos no dentarios disminuidos, es decir, hay otras fuerzas que disminuyen, en conjunto, con las dentarias.

El niño, que tiene poco desarrollados los maxilares, no tiene lugar donde poner la lengua, la coloca en cualquier lado y, lo que es aún peor, no puede manejar el aire en la respiración. No le alcanza respirar por la nariz y tiene que hacerlo por la boca.

A veces el maxilar superior es tan ojival (alto) que obstruye, por dentro, el lugar de las fosas nasales. Todo esto le da al niño un aspecto enfermizo, pálido, de ?ojos tristes?; bronquitis a repetición, se alimenta poco y es muy inquieto.

A este niño le falta el alimento más importante que es el aire. Lleva algo en sí que no le deja manejar el aire, no puede recibirlo armónicamente como debiera.

Estas distorsiones no se nota sólo en la boca y en los pulmones, sino que también se nota en la dificultad de erguirse, en las desviaciones de la vista, miopía, dificultades para caminar (pie plano).

A estos niños hay que ayudarlos a desarrollar los maxilares para que los dientes tengan su lugar fisiológico en la boca. Esto sólo se consigue colocándoles a temprana edad (alrededor de los 6 años) aparatos movibles funcionales, que con sus masajes pueden acelerar el crecimiento de los maxilares, para que la dentición definitiva tenga lugar en la arcada dentaria y dar a la lengua el sitio que le corresponde.

Es antiguo e inadecuado esperar a que salgan los dientes permanentes para colocarles aparatos fijos (ortodoncia). El diagnóstico debe hacerse a temprana edad y, así, se pueden solucionar no sólo problemas respiratorios y estéticos sino también problemas de todo el organismo. Se corrigen malas posiciones de la columna, miopías, estrabismo, pies planos.

Por el contrario, si esperamos a que salgan las piezas definitivas, sólo se podrá corregir con aparatos fijos la posición dentaria, dándole un lugar no natural ya que hay que extraer, de las arcadas dentarias superior e inferior, los dientes definitivos en buen estado, los premolares, dientes que cayeron en desgracia con la ortondoncia fija, que los desecha para dar lugar a los demás. En estas condiciones, las arcadas no quedan completas. No se corrige la respiración ni los efectos colaterales de la misma. La Odontología, como toda la Medicina, debe ser encarada hacia la prevención.

Si se hace una buena ortopedia movible a edad temprana, prevenimos de hacer un tratamiento fijo en la pubertad. Con los aparatos movibles el hueso va cambiando en una edad en la que tiene mayor plasticidad. Así como el chupete puede deformarlo, un buen tratamiento fisiológico funcional puede corregirlo.

Si le damos un buen respirar a un niño le alargamos la vida. El oxígeno armonizado es vida.

De la cabeza a los pies

Las impresiones que recibimos a diario, a través de los sentidos, son también un gran alimento para el ser humano. Está comprobado que el hombre sólo viviría segundos, si se le quitasen todas las impresiones recibidas, ya que es un ser que radia e irradia. Radia las impresiones de su entorno e irradia voluntad (actos) y amor. Y esto también debe estar equilibrado.

Con la forma de vida que llevamos en la actualidad, no quedan dudas de que el entorno nos avasalla, nos invade y es muy difícil sobreponerse a esto. Son causas de depresiones, estrés, estados que repercuten también en la boca.

Pero para el niño es peor. Las impresiones que el niño recibe de su entorno, hasta los siete años, son transformadas directamente en energías físicas. El niño las hace plásticas, las lleva a las fuerzas formativas de su cuerpo físico. En lo posible, en su primera infancia, el niño debe tener un entorno favorable y esto le traerá robustez en el futuro.

Las impresiones son tan importantes como el aire del entorno. Niños que no desarrollan bien sus maxilares son, la mayoría de las veces, hijos de padres fumadores y, también, son niños saturados de televisión y "ruidos musicales" (no música).

Todas estas afecciones hacen que se atrasen o adelanten los tiempos de la erupción dentaria. Si tenemos en cuenta que ésta guarda una estrecha relación con la maduración de otros órganos, podremos percibir la enorme importancia que tiene este proceso.

La calcificación dentaria comienza en los dientes anteriores y se dirige hacia los posteriores. La erupción dentaria también sigue esa dirección.

El cuerpo entero "madura" en sentido céfalo-caudal (desde la cabeza hacia las extremidades). Al mismo tiempo que los dientes se desarrollan en sentido incisivo-molar, el organismo humano lo hace en sentido céfalo-caudal; es decir, el organismo del hombre madura de la cabeza a los pies. Cada diente que aparece en la boca es simultáneo a un proceso de madurez de todo el organismo. Si realmente hablamos de prevención debemos tener en cuenta todos estos procesos.

El pediatra debe trabajar junto con el odontólogo y el maestro. En el niño, el razonamiento debe comenzar cuando erupcionan los primeros dientes permanentes, entre los 6 y los 7 años. Recién en esta edad, el niño está en condiciones maduras para hacerlo. Si lo hace antes, perjudicará su entendimiento en edad más avanzada. Es como si gastase, antes de tiempo, aquellas fuerzas del pensar que se desarrollan paralelamente con las de la erupción de los incisivos.

Cada diente que irrumpe en la arcada dentaria tiene una relación cronológica con un proceso interior muy importante.

El futuro unirá el actuar conjunto del médico con el odontólogo, tanto para el niño como para el adulto, porque reconocerá que la salud es la interacción equilibrada de las fuerzas de todo el organismo.

Publicado en Perceval - Revista Espiritual de Occidente Nº 4 - Abril 1998 - Editorial Antroposófica