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El combate interior y la vida cotidiana - El doble y los problemas de la comunicación >

Michel Joseph

El ser humano es el teatro de todos los antagonismos del Universo. Por fuera se afrontan sin cesar sombra y luz, calor y frío, vida y muerte, gravedad y ligereza, pero él es el único ser que puede asumir dentro la lucha de todos estos contrarios. Es esta su dignidad esencial, una dignidad que no es una perfección inmutable sino una tensión dramática, una búsqueda inquieta y tanteante de la armonización de los movimientos extremos. Esto es porque una vez despierto, el sentido de la dignidad humana está en el sentimiento que él tiene de su indignidad, porque si él la percibe, es por contraste con lo sublime en sí mismo.

Hoy el ser humano debe afrontar con plena conciencia estos combates interiores, lo que a la vez suscita más temor de hacerlo. La ejercitación esotérica que describe Rudolf Steiner no tiene otro fin que permitirnos forjar las armas necesarias para esta tarea. Sólo cada ser humano individual puede aceptar el reto, pero hace falta un coraje enorme y tenaz, ¡esto no tiene nada de cómodo! Todos sabemos como el interior reacciona sobre el exterior: La medicina psicosomática presenta numerosos casos en los cuales una crisis existencial no afrontada interiormente se convierte en la causa de desórdenes corporales.

R. Steiner va aún más lejos: "Que los seres humanos no tengan ese coraje, que traten de huir, de retrasar el momento inexorable del combate, es un signo de los tiempos. O es porque se rechaza lo que se proyecta al exterior. Lo he explicado en uno de mis Dramas Misterios. Ustedes pueden leer que la lucha exterior entre seres humanos es la expresión de la lucha interior... He escrito que los combates exteriores son la prueba de que el ser humano proyecta fuera de él combates que ha rechazado."

La época que atravesamos está marcada por un doble signo:

-En el exterior las guerras se hacen cada vez más mortíferas, las amenazas que ponen en peligro a la Tierra entera se acumulan por todas partes, la barbarie surge por doquier, sobre estadios, en las ciudades o en el seno de grupos terroristas organizados;

-En el interior, los individuos se sienten impotentes frente a la gran máquina anónima y fría del poder, huyen aturdiéndose con imágenes mecánicas, placeres superficiales, alcohol o drogas, cuando deberían mirar primero en ellos mismos.

Bien sabemos que el hombre es para el hombre la bestia más feroz, que todos somos solidariamente culpables de las atrocidades nazis u otras, del hambre en el mundo, de la violación de los derechos humanos elementales. Cada uno de nosotros sabe que contribuye por sus hábitos de vida a la destrucción del planeta. Pero continuamos buscando responsables en el exterior, dirigentes que sean la causa de todos los males. Buscamos responsables y chocamos con la masa impersonal, con la estructura sin alma, con dirigentes cuyo único criterio moral es plegarse a los resultados de los sondeos de opinión. ¿Es la individualidad, es el Yo el único nivel de responsabilidad?

Es en cada uno de nosotros donde es preciso buscar la fuente de la iniciativa y de la conciencia humana, pero justamente rechazamos ese encuentro.

Este signo de los tiempos nos indica lo que es necesario. Es preciso tomar en uno mismo lo que se cree debe combatir hoy fuera. La salvación pasa por que el alma humana devenga el teatro de los combates. Mientras esto no se realice en las almas, lo que se observa como terrible, como catastrófico en el mundo exterior, no se apaciguará. Son los seres humanos quienes proyectan en el mundo lo que no aceptan en su ser íntimo, el resto no es más que apariencia. Esta es la realidad.

Es una verdad trastornadora: el mundo exterior, la sociedad, la historia humana se presentan delante nuestro como un terrible enigma. Esta situación exterior del mundo es hoy tan inquietante y catastrófica, que cada uno es llevado a aspirar en lo más profundo de sí mismo a hacer cualquier cosa antes de que sea demasiado tarde, el enigma se levanta entonces en toda su terrible dificultad: ¿Qué hay de común entre yo y estos acontecimientos? ¿Cómo sólo puedo mover esas montañas?

Así pues, la respuesta está en cada uno de nosotros, porque es el ser humano mismo quien constituye la respuesta a la esfinge. ¿Qué hay de común entre yo y lo que está fuera de mí? Todo, es decir mi humanidad. ¿Cómo mover estas montañas siendo plenamente humano, es decir siendo yo mismo?

Tratemos ahora de profundizar en esto. Contrariamente a la antigua vía de desarrollo místico, el camino antroposófico no busca alejarnos de las realidades cotidianas. De hecho, éstas constituyen la esfera de la acción a la cual cada uno de nosotros puede acceder. Ciertamente que las grandes causas pueden inflamarnos, e incluso podemos ocupar una posición social que nos permita asociarnos a decisiones u orientaciones determinantes de poblaciones enteras, pero esto no es lo más importante que bastaría para mover montañas.

Al contrario lo esencial es que podamos partir de lo que no depende más que de nosotros mismos. Así pues, esto excluye todo conformismo con una norma media y toda manipulación de otros, toda intervención sobre su libre albedrío.

Es preciso considerar primeramente que cada individuo está imbrincado en numerosas esferas, en las cuales él no puede actuar válidamente más que si permanece en el centro, como Yo. La esfera de la vida privada que engloba la pareja y la familia es una zona donde el margen de iniciativa es el más grande; es ya menor el caso en la esfera de las relaciones vecinales; y cada vez más lejana en el de la vida profesional, de las instituciones públicas, etc. La ilusión en la cual caen muchos de nuestros contemporáneos es querer dar más importancia a las esferas más vastas y exteriores, y empeñarse por ejemplo totalmente en su profesión o en una causa de interés general, despreciando las esferas más próximas. Con gran frecuencia el compromiso político o hacer carrera no son más que medios cómodos de huir de uno mismo y aturdirse. No se trata de querer juzgar el mérito o la utilidad intrínseca de estos hechos, sino de responder concretamente a la invitación puesta al principio, de cómo cada uno, individualmente, puede llevar la responsabilidad de la Tierra y de la Humanidad actuales.

En su libro ?Como adquirir el conocimiento de los mundos superiores? R. Steiner describe los tres elementos básicos para todo camino oculto. Se trata de la devoción hacia la verdad, el cultivo de la vida interior, y la práctica de la meditación, que permite distinguir entre lo esencial y lo accesorio. Cada una de estas tres actividades constituye el complemento aportado por el Yo a lo que hemos dado espontáneamente durante la infancia.

La devoción hacia la verdad es un aviso consciente de lo que nos sobrepasa, al espíritu o a lo divino. Ella nos confiere una nueva verticalidad y responde al aprendizaje del pensamiento que de niños hemos efectuado.

La práctica de la vida interior consiste en hacer revivir a posteriori el lenguaje secreto de los seres y objetos. Ella se sitúa en la horizontalidad, en la apertura del mundo, y viene a prolongar activamente el aprendizaje instintivo de la palabra.

En cuanto a la meditación o cultivo de la calma interior, consiste en considerar la existencia con la objetividad, el distanciamiento y la agudeza observadora del paseante que contempla un paisaje desde lo alto de una montaña. Ello resulta en la adquisición de un sentido moral de la perspectiva, la capacidad de distinguir lo esencial de lo accesorio. Aquí se trata ante todo de lo que el Yo aporta como complemento a nuestros actos. Es la tercera dimensión, la de la profundidad y la metamorfosis del aprendizaje de andar. En cierta manera todas las reglas vitales que desarrolla R. Steiner en su libro pueden referirse a estos tres elementos básicos.

De ello debemos partir en el presente para profundizar lo que significa en la práctica afrontar el combate en uno mismo. Y, para hacerlo consideraremos esencialmente la esfera de iniciativa y de conocimiento más cercana al ser humano, la del otro Yo: la pareja.

Los problemas de pareja son precisamente uno de los elementos característicos de nuestra época. Lo que era antiguamente sagrado y constituía el cimiento moral de toda la sociedad, está ahora en crisis generalizada y en plena descomposición. Es pues un síntoma de los tiempos, que debería permitirnos comprender mejor el decisivo combate actual.

Como ejemplo vamos a describir lo que pueden ser ciertas experiencias de la vida cotidiana de una pareja y cómo aplicar a ellas las tres condiciones fundamentales de toda vía esotérica.

El problema crucial que se relaciona con este género de observaciones es el de la comunicación. Todos los conflictos - ¡y no son escasos!- que surgen en la pareja proceden de la incomunicación. El proceso total de comunicación no se realiza verdaderamente más que cuando el Yo de uno se dirige al Yo del otro. Toda relación que no se apoye sobre el Yo, es decir sobre el centro del alma humana, allí donde quiere, piensa y siente un ser real, no es más que disimulo, mentira, falsa apariencia, negligencia, abuso. Planteémonos sinceramente la pregunta: ¿Cuántas veces al día somos realmente nosotros mismos? ¿En cuántas ocasiones podemos decir realmente: "Yo he estado completamente detrás de mi acción, mi palabra, mi pensamiento"? En cada uno de nosotros no reside únicamente el verdadero Yo y un pequeño Yo, porque nuestra personalidad aparente está constituida por numerosos personajes que quieren cada uno llevar su existencia propia.

El verdadero Yo es el único ser en nosotros capaz de afrontar conscientemente a todos estos pequeños seres.

Es muy difícil para el individuo asumir sus propias contradicciones, y cuando dos personas viven juntas, las dificultades se multiplican. Esto es cierto, pero hay un segundo aspecto esencial: que cuando dos personas prosiguen juntas un cierto camino, los progresos también se multiplican en lugar de simplemente sumarse.

León Tolstoi, que conocía profundamente el enigma de la condición humana, ha descripto con justeza estos dos casos extremos. En su famosa obra "La sonata a Kreutzer" trata el drama de la incomunicación, de la envidia en una pareja destinada a una existencia fácil y brillante, que la lleva a la destrucción. La novela "Resurrección", al contrario, pone en escena la vía ascendente por la cual un hombre y una mujer unen lo que ellos tienen de mejor por el bien de los demás, lo que les permite transmutar sus antiguas faltas, metamorfosear su depravación pasada. La primera de estas dos obras va a suministrarnos algunos ejemplos para comprender mejor nuestra exposición.

L.Tolstoi escribe las primeras desavenencias que sobrevienen el tercer y cuarto día después de la boda de los personajes.

En la primera fase, la de la apatía, del abatimiento, cualquier cosa torna el humor melancólico sin que sea explicable. El marido piensa ingenuamente que un gesto de ternura bastará para restablecer la armonía, pero esto es lo que acentúa la enfermedad de su esposa. El no lo comprende, porque no hay nada racional en sus reacciones, y plantea todo tipo de preguntas.

En la segunda fase, después de la percepción del estado de enfermedad, de incomunicabilidad al nivel de los sentimientos, la "máquina de razonar" se pone en funcionamiento en cada uno de los dos personajes. La situación de partida está ya perdida de vista, el problema se desplaza y se amplifica y coloca sobre un terreno donde no estaba primeramente. Los dos compañeros comienzan a girar en redondo (en su cabeza) y a cambiar toda suerte de argumentos.

En la tercera fase, el frío interior invade el alma de los protagonistas, causado por el sentimiento creciente de aislamiento y de impotencia, y acentuados por los esfuerzos frenéticos del intelecto para salir de éste círculo infernal. La incomunicabilidad es máxima, y en este elemento helado surgen las flores horrorosas del odio, del miedo y de la mentira.

Ninguno de los dos personajes reconoce al que está enfrente. Entonces el polo de las fuerzas volitivas se desencadena a su alrededor. Pasan bruscamente del frío sarcástico del intelecto al mordisco ardiente, de impulso destructivo, que sube de los miembros en forma de cólera ciega.

Las tres fases que acabamos de describir corresponden a las tres regiones funcionales del ser humano:

- El sistema pensante y neurosensorial de la cabeza.

- El sistema de sentimiento y rítmico (circulación y respiración) del tórax.

- El sistema volitivo y metabólico (motricidad, digestión, reproducción), de los miembros.

En el sistema rítmico se encuentran los otros dos, relativamente antagonistas (la cabeza analiza, mientras que el metabolismo sintetiza). Así, nuestro estado de conciencia habitual se relaciona ante todo con esta región de la vida afectiva, del pensamiento aún no verdaderamente formulado y de la voluntad indecisa. Vivimos bastantes horas de nuestra vida cotidiana en un estado más cercano al sueño despierto que a la vigilia propiamente dicha. Es como si el pensamiento siguiera su propio curso, a la vez que la voluntad se aplica automáticamente a las mil y una tareas del día. Durante este tiempo nuestra vida interior es agitada por toda suerte de olas donde se encuentran las impresiones exteriores, las asociaciones de ideas, las representaciones y las imágenes recordadas.

¿En qué medida el Yo está presente conscientemente en todo este proceso? El no puede estar activo más que allí donde somos más conscientes, es decir en la actividad pensante. En general son las situaciones exteriores las que movilizan esta parte, la más despierta de nosotros, y el Yo vive entonces activamente en nosotros, en la medida en que reúne en un todo armonioso, pensamiento, sentimiento y voluntad. Pero también puede ser que permanezcamos bloqueados en el intelecto, tanto más despierto cuanto más se ocupa del resto del organismo. Resulta una consciencia muy precisa de las cosas, pero que se expresa como consciencia dolorosa del ser separado del mundo.

Así pues, el pensamiento puede ser de dos naturalezas, según nos aísle o nos una. En el primer caso no es más que un pensamiento reflejo, no refleja más que una parte de nuestro ser, una de las múltiples facetas de nuestro Yo aparente. En el segundo caso, al contrario, es actividad pensante unitiva, porta en él algún aspecto de la voluntad y del sentimiento; por esto el Yo verdadero vive en él. Experimentamos a menudo este pensamiento unitivo e investido de Yo, en todas las circunstancias en que tenemos conciencia de ser auténticamente libres. La libertad a que hacemos referencia es bastante similar al elemento en cual vive el artista que crea. Es actuar a partir de intuiciones morales, no de cierto objetivo, sino por el amor a la acción, por la cosa misma. Esta libertad, lejos de limitar la de los otros, al contrario, la exalta. También el criterio exterior de un acto libre es la comprobación de que libera igualmente al prójimo.

Los dos personajes de "La sonata a Kreutzer" se cierran mutuamente. Se les ve pasar sucesivamente por las tres fases correspondientes a las tres regiones de la vida interior: del estado semidormido-semidespierto que caracteriza a la conciencia habitual, acantonada en la vida del sentimiento (es allí donde se siente el malestar indefinible), al estado despierto del pensar intelectual (allí se separan completamente uno del otro), y finalmente a un estado de consciencia más sorda, donde la violencia sube de las profundidades oscuras, donde el acto o la palabra precede a la conciencia.

Si tratamos de representarnos la imagen del ser humano que precede a este proceso, lo que observamos es una región medio vacía, donde el Yo no está presente y los dos "extremos" del alma están "llenos", pero lo que los llena es otra cosa distinta al Yo. Esto corresponde exactamente a un dato de la psicología oculta que nos indica R. Steiner. En el mundo espiritual el vacío no existe: cuando el Yo no llena el organismo que le corresponde, son otros losseres que se apoderan deél. El ser humano actual no llena jamás su organismo, salvo si por un desarrollo interior se ejercita en estar cada vez más presente totalmente con su Yo. Desde el nacimiento, entidades ahrimámico-luciféricas vienen también a habitar su cuerpo y su alma, y estos seres parasitarios no le dejan más que algunas horas antes de la muerte. La tradición esotérica y la Antroposofía llaman a estos seres elementales "el doble". Este doble tiene de particular que posee una inteligencia genial y una voluntad cuya potencia es comparable a las fuerzas primitivas de la Naturaleza, pero nada hay entre estos dos polos extremos. En el "polo" intermedio, el de la vida del alma propiamente dicha, donde se expansionan los sentimientos, no se hallan en absoluto.

Nuestros dos personajes experimentan el doble que vive en cada uno de ellos: comprueban una carencia, un vacío en el alma (polo intermedio) y son llevados inmediatamente a vivir exclusivamente en la cabeza (polo consciente del pensamiento) y después en el metabolismo (polo inconsciente de la voluntad). Toda situación de incomunicabilidad conduce a las mismas experiencias de vacío del alma, de frío del intelecto y desencadenamiento de fuerzas volitivas.

Aceptar el combate interior es experimentar el choque de los dobles y vencer el propio doble. A fin de comprenderlo mejor vamos a citar otro ejemplo extraído también de ?"a sonata a Kreutzer".

La escena se desarrolla algunos años después de la precedente, habiéndose franqueado numerosas etapas. Aparentemente cada personaje sólo reconoce lo hecho por el otro en tales situaciones. Ahora el doble ha ganado tanta potencia que quién hable no se reconoce a sí mismo. Todo se hunde: la imagen del otro y la propia. ¿A qué asirse en tales condiciones?

Tratemos de recordar casos similares que hayamos vivido. Cuando nos hemos enfadado muy conscientemente, ¡atención! Los acontecimientos se deslizan por una pendiente fatal y es preciso detenerlos antes de que se envenenen.

Generalmente esta consciencia aguda no sirve de nada, porque ella permanece confinada en la cabeza, donde justamente reina la separatividad, mientras que en el resto del organismo el sentimiento de angustia y de frustración del otro se comunica hasta en el caudal respiratorio y en olas de cólera que hierven en las profundidades del metabolismo. Estos son los dos obstáculos con los cuales choca todo verdadero trabajo sobre la situación. Por una parte lo que me hace enfadar y presentir la fatalidad del proceso, y por otra parte el efecto insidiosamente contagioso de lo que agita al otro de manera consciente y subconsciente.

Por una parte ya sé cómo van a degenerar los sucesos, pero yo no puedo hacer nada, mi Yo está como paralizado. -"Ya conozco esto, tú has dicho..." -"no, yo no he dicho esto". -"¡Pues miento!". El motivo de disputa puede ser de lo más fútil, y percibimos la desproporción más grotesca entre el motivo irrisorio y la amplitud de los efectos. Sabemos también que la verdadera razón de la confrontación debe situarse más allá, ¿pero justamente dónde? Lo que tocamos allí es cualquier cosa en nosotros que siempre actúa automáticamente, poco importa lo que suministremos como alimento; se ampara en los hábitos y hace lo que acostumbra hacer.

Cualquier cosa en nosotros que no es nuestra, esta mecánica lógica que puede incluso envolver el vacío, es el ser del doble. Reconocerle por lo tanto cuando interpone su sombra entre el prójimo y yo, puede ayudar a rechazarlo, porque es mi Yo el único que puede realizar este acto.

Ciertamente puedo reconocer, sentir el doble del prójimo con mi doble, lo que me encierra aún más en los problemas, pero percibir el mío propio, sólo puede hacerse mediante la toma de conciencia que efectúa el Yo mismo.

El ser del doble se alimenta particularmente de todo lo que no es asumido por el Yo, debido a que es un ser de costumbres. Todo lo que puede funcionar solo, es de la naturaleza de su ser. Es la mentira hecha realidad objetiva, la falsa verdad.

A este nivel de manifestación, yo no puedo vencerlo más que desarrollando en mí la veracidad: miro al prójimo en los ojos y veo la verdad enfrente. Estar presente con su Yo detrás de sus pensamientos, sus palabras y sus actos, es pensar verdad, hablar verdad y actuar en la verdad. La facultad que se trata de aplicar aquí es el primer elemento básico del camino oculto: la devoción hacia la verdad.

Se trata de mirar al prójimo haciendo vivir en mí este impulso de verdad. Se podrá decir: "Detrás de toda sombra que parece apoderarse del otro, vive también el Ser verdadero que querría expresarse, pero que está oculto en el presente. Yo quiero entregarme a esta Verdad, ayudarle a atravesar las tinieblas y el frío, escuchar lo que quiere decirme desde su exilio." Esta actitud de escucha hacia la Verdad, esta devoción a ella, es lo que permite comenzar a sobreponer al propio doble. Pronto, con suerte, a través de las imágenes de nosotros mismos que nos envía el prójimo y de las que se encadenan al intelecto de todo lo que asciende sordamente de nuestro organismo, nos llevan a una primera aprehensión de nuestro doble.

Percibimos entonces que este doble no es nada más que el ser fijo de nuestros hábitos, de nuestros reflejos psíquicos, de todo el peso muerto del pasado que no asumimos por nosotros mismos. Es el tejido de todos nuestros condicionamientos, pero este tejido llega a ser autónomo y quiere apoderarse de nosotros. Es como un caparazón psíquico que nos cierra y nos asfixia; sus escamas, anillos y articulaciones están formados por la proyección y aglomeración de todas nuestra mentiras, de todos los actos, palabras y pensamientos falsos, de todas las verdades a medias. Y cada vez que actúo por interés egoísta, porque es lo más fácil o porque ?todo el mundo hace igual?, no es mi Yo quien puede responder de mis actos frente al Universo, frente al mundo espiritual. Y es entonces cuando alimento al doble, encadeno algo mío a él, aumento su caparazón. Pero si ahora lo percibo, lo que veo es el resultado de todo mi pasado, de esta existencia y de otras anteriores. El doble aparece entonces en su calidad de imagen fijada de mi karma, en la medida en que él no ha sido aún compensado por otros actos. Un trabajo vigilante de veracidad, de devoción hacia la verdad, toda victoria sobre el doble, es decir cada intuición de un acto del Yo, viene a compensar un acto antiguo y fijado del doble, significa que desanudo una parte del él, que puedo trabajar y transformar cualquier cosa de mí mismo que le estuviera encadenada. O, como tales actos implican siempre a otro, este trabajo de veracidad consciente tiende necesariamente a liberar también a cualquier cosa del doble de otros o del prójimo. Este hecho es ya una experiencia crística, sobre la cual volveremos más adelante, pero es evidente que por ella yo entro en una esfera objetiva, que es la del karma de toda la humanidad. Aceptando este combate interior tomo en mí parte del combate exterior.

Sin embargo, puede ser que en el fuego de la acción no tengamos en principio o siempre la fuerza para hacer este trabajo de veracidad. Nos encontramos entonces en el caso del personaje de L.Tolstoi que sabe que la escena es inminente, que la teme "como al fuego" y quisiera dominarla, pero ya la cólera invade todo su ser. Es el proceso habitual, caracterizado antes, de la manifestación del doble, en la cual se conjugan el vacío del alma, el encadenamiento mecánico del intelecto, y los impulsos primitivos de violencia que ascienden de la voluntad. Hay un fenómeno de contagio directo entre el polo rítmico y el metabólico. Se observa el mismo contagio del miedo y la violencia en todos los fenómenos de locura y de psicopatología de masas.

Incluso con la mayor vigilancia, hay siempre momentos del día en que por debilidad alimentamos al doble. En este caso el mal ya está hecho, se ha instalado la incomprensión o ha estallado el conflicto, o incluso me dejo ir hacia un acto inconfesable. El mal está hecho y sus consecuencias objetivas están allá, y estas actúan ya sobre otras consecuencias que escapan a mi observación. Sin embargo puedo hacer alguna cosa por compensar lo que ha surgido. No se trata tanto de borrar la falta, como de liberar lo que en mi acción he encadenado en mi doble y en el del prójimo. Esto solo es posible si trabajo directamente sobre los dobles, más que si acepto tomarlos en mí. Por mis actos yo he emitido ciertas imágenes mías que en el presente están fijadas. Estas imágenes están fijadas no solamente en mí sino también en la percepción que tienen los otros de mí. Si yo no las reconozco en mí, me serán enviadas de todas formas por los otros, por su juicio, y me aprisionarán un poco más y también limitarán a los que me las reflejan. Hay una suerte de atracción magnética entre lo que está cerrado en mi doble y las imágenes que los demás me envían de mí mismo.

Por trabajo sobre los dobles entendemos trabajar sobre las imágenes, se trata de retomar en el alma las tres especies de imágenes:

-las que yo me hago de mí mismo;

-las que tengo de los demás;

-las que los demás me reenvían de mí.

Las imágenes fijadas (prejuicios, prevenciones a priori, proyecciones, asociaciones semiinconscientes) son elementos por los cuales los dobles entrechocan. Mi trabajo consistirá en deslindar estas imágenes, devolverles su plasticidad y movilidad, lo que tendrá por efecto desembrujarlas tanto en el caso de los demás como en el mío.

Para hacerlo se elegirán ciertos momentos de calma y aislamiento, preferentemente al acabar el día, y se evocarán interiormente, de manera tan vívida como sea posible, las escenas cuyas imágenes están fijadas en nuestros dobles. También pueden ser palabras que recordamos, sentidas como injustas desde nuestro punto de vista. ¿De dónde vienen? ¿A que situaciones anteriores nos llevan? Se evocarán también interiormente estas situaciones anteriores. Lo importante es dar el mayor realismo y vida a estas imágenes y ponerse a escucharlas, dejarlas vivir interiormente. Podemos reconocer aquí la segunda condición fundamental del desarrollo esotérico presentado al comienzo: lapráctica de la vida interior. Y en efecto, el trabajo sobre las imágenes consiste en dejar vibrar el eco de los acontecimientos vividos antes, en escuchar el lenguaje oculto de los seres y de las cosas. No se trata de juzgar de nuevo impresiones pasadas, sino de recomponerlas interiormente, de tomar todo el conjunto en el alma, de llevarlo así unos minutos y dejarlo hablar su propio lenguaje. Generalmente basta dormir enseguida, y si se desarrolla una atención suficiente al sueño, las respuestas pueden presentarse ya por la mañana. Estas pueden ser experiencias que se recuerdan de los sueños y que son la metamorfosis de las imágenes trabajadas, pueden ser inspiraciones habidas por la mañana o acontecimientos inesperados durante el nuevo día, en los cuales se reconocen respuestas del mundo espiritual. A veces ocurre que en el momento del trabajo sobre las imágenes se perciben ya respuestas objetivas, pero es preciso vigilar que no sean simples especulaciones.

En la práctica de la vida interior es preciso evitar absolutamente toda interpretación o tentativa de manipulación; dejar al mundo espiritual libre para responder o no a través de experiencias interiores, inspiraciones, acontecimientos exteriores o encuentros. Incluso si en apariencia nada viene aún, con tal de proseguir regular y pacientemente, pronto se comprueba que este trabajo actúa muy hondo y a menudo allí donde menos se ha atendido.

Una observación profunda del trabajo sobre las imágenes, permite comprobar que se actúa principalmente sobre la esfera intermedia, la de la armonización, la del alma, que es precisamente la que le falta el doble. Al ponerse a la escucha del alma de las cosas, seres y acontecimientos, se curan las heridas del pasado, se llenan los vacíos, se moviliza lo que ha llegado a ser inerte y pesado. Esta esfera es la de la curación. Este trabajo tiene virtudes terapéuticas; se comprende tanto mejor cuando se sabe que el doble conduce no solo el antiguo karma sin asumir, sino igualmente, pues están relacionadas, todas las causas de enfermedades orgánicas y psíquicas. La medicina de Paracelso tiene sus orígenes precisamente en el acercamiento consciente al doble, y los antiguos iniciados druidas y escandinavos extraían sus fuerzas de terapeutas a partir de este conocimiento.

Así mismo observamos que con este segundo aspecto del combate interior contra el doble, armonizamos no sólo lo que une nuestro cuerpo, alma y espíritu, sino también nuestras relaciones con los demás y el mundo. Esta esfera mediadora y sanadora es así al mismo tiempo, eminentemente la de lo social.

Queda un último aspecto de la transformación del doble. La devoción a la verdad puede permitirme actuar en situación de encontrar en el presente cotidiano el camino hacia el prójimo. La vida interior me permite cuidar el pasado, ligarme a los seres y al Universo; pero es posible que todo esto no sea suficiente para encontrar las acciones compensatorias de mis faltas antiguas. ¿Qué daría al porvenir? ¿Cómo aportar positivamente al Universo y a la Humanidad? ¿Cómo realizar mi verdadero Yo?

Estas preguntas son el reverso del personaje de L.Tolstoi, que gritó a su esposa: ?¡Ojalá reventases!? y él no se reconoce: ?Estas palabras me aterrorizan, jamás me hubiese creído capaz de pronunciar palabras tan groseras, tan horrorosas?. El problema concierne directamente a lo que hierve en la voluntad, cuando hablamos o actuamos antes incluso de ser conscientes de lo que hacemos. En efecto, la voluntad es inconsciente, es la Naturaleza presente en nosotros; siempre tiende a llevarnos hacia el porvenir, a preceder nuestro pensamiento. Es preciso que el Yo está presente hasta en esas fuerzas oscuras, que tan fácilmente pueden ser habitadas por otra cosa distinta de nosotros mismos. La dificultad es grande; ¿cómo abordarla prácticamente?

Nosotros no podemos ser conscientes de golpe de los complejos procesos que se desarrollan en nuestro organismo cuando hacemos el simple gesto de levantar un brazo. La voluntad duerme en los miembros. Por tanto hay un lugar privilegiado donde podemos percibirla en acción: en el seno del pensamiento, en la actividad del pensar. ¿Qué ocurre cuando pienso? Generalmente no tenemos cuidado porque no nos interesamos espontáneamente; estamos demasiado cautivados por los contenidos tan interesantes o tan útiles de nuestros pensamientos. Sin embargo la voluntad vive en la actividad pensante tanto como en los miembros. La diferencia es que en aquella yo estoy consciente, presente con mi Yo, y puedo despertarme a ella. Es preciso pasar del "yo pienso" habitual, al "esto piensa en mí" y al "yo me siento unido a la actividad pensante".

Este camino, descrito muy claramente en "La Filosofía de la Libertad", es el de la meditación.

La meditación consiste en elegir un contenido de pensamiento, observarlo y elevar después esta observación hasta la actividad pensante volitiva ejercida entonces sobre el proceso.

Por ello metamorfoseo el pensamiento en voluntad y hago la experiencia consciente Estos momentos privilegiados constituyen lo que R.Steiner llama "la calma interior", tercera condición del desarrollo esotérico. Cultivarla es de importancia extrema para la vida cotidiana, son puntos de dinamización que proyectan una luz nueva sobre lo vivido.

La meditación regular permite disipar progresivamente la opacidad de lo que vive en el seno de la voluntad. De los momentos de mayor lucidez sobrevienen a veces avisos en el sueño, percepción de relaciones inesperadas entre los acontecimientos, relaciones kármicas, intuiciones morales para la acción.

Y al lado de percepciones de los fenómenos suprasensibles generalmente inconscientes, se comprueba también que la conducción de la vida mejora, el Yo está a mayor altura, más presente en los pequeños como en los grandes acontecimientos.

Entonces se llega presto a franquear conscientemente el umbral del mundo espiritual y se presenta de nuevo, pero de manera sobrecogedora, la experiencia del doble. Este doble es percibido ahora como si estuviera fuera de nosotros, totalmente objetivo. Es una visión terrorífica, pero comprendemos su verdadera naturaleza. El nos sirve de guardián, de velo opaco, destinado a impedir la penetración prematura en el mundo espiritual. R. Steiner le llama ?el guardián menor del umbral?, y es la imagen gesticulante y monstruosa de nuestras imperfecciones, de todo lo que aún queda por transformar en nosotros. Su aparición delante de los ojos del alma, coincide con la modificación de la vida psíquica que se produce siempre en el umbral: la escisión de las tres fuerzas del alma, pensamiento, voluntad y sentimiento, que ya no están unidas, están en el presente a la vez en mí y fuera de mí como tres seres autónomos; ellos me hacen vivir desde el interior y desde el exterior los tres aspectos del doble, que se presenta ahora bajo la forma escindida en tres, del guardián menor del umbral.

En lo sucesivo el camino está abierto; el gran combate interior no hace más que comenzar. Es preciso que mi Yo ejerza su nueva libertad, que él restablezca la armonía antaño instintiva de las tres fuerzas del alma; él va a dirigirlas a partir de sí mismo y con ello emprenderá la transformación del terrible guardián.

Se vuelve entonces perceptible la imagen arquetipo de un sublime Yo. "¡Yo soy El Guardián Mayor. Tú llegarás al fin cuando hayas transfigurado lo pequeño en grande !". Es el Ser de Luz que va a iluminar mi progresión futura, pero ya le reconozco en sus obras; yo siento que en mi combate interior contra el doble, él estaba activamente presente en los tres impulsos que me guiaban. El primero tiene por nombre veracidad, el segundo curación y juventud, el tercero altruismo, amor al prójimo. Porque estas son las tres cualidades que permiten reconocer el impulso crístico, el del Gran Mediador que toma en sí las faltas objetivas de toda la Humanidad en el gran combate exterior. Estas son las tres fuerzas inagotables que nos vienen en ayuda cuando aceptamos tomar en nosotros el teatro de los enfrentamientos.

Traducción Román García Lampayo

Revista francesa Triades Nº1 - 1985